El Circo de la Tristeza

En mi circo hay dos payasos, aquellos que deberían hacerme reír, me hacen llorar.

Tienen una sonrisa dibujada encima de una expresión de tristeza oculta para aquellos que no han conocido dolor.

Dan las siete, comienza. Mi función no emite alegría. Los niños les miran en busca de felicidad, pero solo reciben una lágrima condenatoria.

La princesa que vestía de azul, tiñó su vestido de negro, su mirada transmite anhelo del circo de antaño, cuando éramos felices por alegrar al público.

El trapecista no vuela, no va en bicicleta, no sube a la cuerda. No, no y no. Su vocabulario se reduce a un no rotundo. Se ha olvidado de cómo respirar, a la vez que hacer malabares.

El mago ya no hace trucos, la ilusión ha perdido su magia.

Y el forzudo, que ahora tiene que cargar con el peso de la añoranza.

Esto era antes, el circo abre las puertas a la vez que cierra su gloria.

No hay nada que haga volver atrás en el tiempo.

Hoy sólo queda el recuerdo de la función que no vio final, sólo principio… que parecía el inicio del -suyo- fin.

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